Pañuelos que tapaban la cabeza, chaquetas vueltas del revés y máscaras que ocultaban los rostros eran los disfraces más usados por los grancanarios en la tradición del carnaval, en los que nunca faltaba el entrañable ‘¿me conoce, mascarita?’, un espíritu que la población y las instituciones tratan de recuperar y que, en cualquier caso, siempre fue muy distinto en los altos círculos sociales.

La llegada de las carnestolendas invita a recordar cómo las generaciones anteriores disfrutaban estas fiestas y el significado que tenía para las familias este periodo entre Navidad y Pascua, algo que se puede lograr a través de los ficheros de la Fundación para la Etnografía y el desarrollo de la Artesanía Canaria (Fedac) del Cabildo de Gran Canaria, informa la consejera insular de Artesanía, Minerva Alonso.

El carnaval tradicional de Gran Canaria tiene su origen en un dispar conjunto de tradiciones populares que, en algunos casos, están incluso relacionadas con ritos paganos de canto a la fertilidad o rituales de purificación, si bien la fiesta pronto evolucionó hacia la crítica social y la diversión popular, con dura crítica y represión durante años por parte de la Iglesia.

A la pregunta de “¿me conoces, mascarita?” le precedía a veces una figura ataviada con ropas viejas y, en el caso de ser mujer, con careta, además de una cesta para recolectar huevos y caña, tal y como era tradición en La Aldea, donde los niños vestían pieles de cabras, cuernos y cencerros con los que alborotaban las calles.

Otro de los personajes del tradicional carnaval grancanario era un diablo vestido con zaleas de cordero y cabeza de vaca que arrastraba cadenas y entraba en las casas para sembrar el terror entre los más jóvenes de cada familia.

Alguno, incluso, portaba un rabo de penca al que prendía fuego para incrementar el susto y no faltaban los más atrevidos que, subidos sobre zancos, recorrían las calles al ritmo de tambores y proferían gritos en medio del jolgorio.

Parrandas e intercambio de identidades

Los carnavales eran también fiesta de parrandas, improvisadas comparsas en la mayor parte de los casos, que recorrían los barrios compuestas por hombres vestidos de mujeres y al revés, un intercambio de identidades que facilitaban las sábanas, colchas y cualquier ropaje ya en desuso que sirviera para despistar sobre la verdadera identidad.

Otros grupos betunaban sus caras o usaban paños de ganchillo para ocultar sus rasgos y portaban cestas de caña repletas de bollos fritos y de las afamadas tortillas de carnaval, algunas veces acompañadas por una cucharada de miel y que repartían entre música, baile y risas.

Dentro de las casas señoriales, las familias más pudientes vivían el carnaval como un baile de máscaras al más puro estilo europeo, en grandes estancias donde no faltaban música, juegos, actuaciones y representaciones teatrales con personajes y público escondidos tras caretas inspiradas en el carnaval veneciano.

Con el paso de los años, la fiesta evolucionó hacia la crítica social con personajes de actitud irónica que se burlaban de los vecinos y, de paso, al sistema social y político del momento, una característica que ha perdurado hasta la actualidad y que adquiere su máxima expresión en la murga, sin abandonar el espíritu isleño de sacar a la calle su cara más traviesa oculta, eso sí, bajo capas de pintura o un buen disfraz.

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